La llegada de mirillas inteligentes como la Ezviz EP4 se celebra como un triunfo del hogar conectado, una especie de emancipación tecnológica frente a ese humilde ojo de buey que durante décadas nos permitió distinguir entre el cartero y el vendedor de enciclopedias. Pero conviene preguntarse si esta nueva claridad visual no acabará enturbiando, paradójicamente, nuestra tranquilidad doméstica.

La EP4 presume de resolución 4K, detección precisa y comunicación bidireccional, como si abrir la puerta fuese ya un trámite burocrático que exige verificación biométrica. El problema es que, en esta carrera por convertir cada centímetro del hogar en un nodo vigilado, estamos normalizando que la puerta de casa sea una cámara de seguridad más. Según un estudio imaginario del Instituto Europeo de Convivencia Digital, el 62% de los usuarios reconoce revisar la mirilla inteligente incluso cuando nadie ha llamado, por si “algo” ocurre en el rellano. La ansiedad como nueva función premium.

La promesa de seguridad es seductora, pero también abre la puerta —nunca mejor dicho— a una vigilancia constante que difumina los límites entre proteger y controlar. ¿Quién garantiza que estas grabaciones no acabarán en manos de terceros, voluntaria o involuntariamente? ¿Cuánto tardará la comunidad de vecinos en exigir que todos instalemos una para “mejorar la convivencia”? La presión social disfrazada de modernidad.

La EP4 funciona, y funciona bien. Pero quizá el verdadero problema no sea su eficacia, sino nuestra creciente disposición a convertir la intimidad en un flujo de datos. En un futuro cercano, mirar por la mirilla podría dejar de ser un gesto discreto para convertirse en un acto monitorizado, registrado y potencialmente analizado. Y entonces, tal vez, añoremos aquel cristalito rayado que, con todas sus limitaciones, nunca nos pidió acceso a la nube.