¡Alerta cósmica! El canibalismo estelar del pasado podría devorar nuestro futuro.
La ciencia, tan dada a las buenas noticias disfrazadas de hallazgo, celebra ahora que el Universo primitivo era un atasco cósmico donde las estrellas chocaban con la misma frecuencia con la que hoy chocan las opiniones en redes sociales. El telescopio James Webb, siempre tan optimista, nos muestra que aquellas colisiones pudieron engendrar monstruos luminosos que, al morir, sembraron los primeros agujeros negros gigantes. Un triunfo de la creatividad estelar, dicen. Pero conviene preguntarse si este entusiasmo por el canibalismo cósmico no es, en realidad, una advertencia con retraso.
Porque si algo nos enseña el Universo es que las malas costumbres tienden a repetirse. Según un estudio reciente —y aquí viene el dato que nadie quiere mirar de frente— la densidad media de cúmulos jóvenes podría aumentar un 12% en los próximos mil millones de años debido a procesos de migración galáctica. Es decir, que el tráfico espacial podría volver a intensificarse. Y ya sabemos lo que ocurre cuando demasiadas estrellas comparten poco espacio: primero se rozan, luego se fusionan y, finalmente, aparece un agujero negro con más hambre que discreción.
La buena noticia de que entendemos mejor el origen de estos gigantes oscuros es también la constatación de que el Universo, en su infinita paciencia, no descarta repetir el experimento. Y aunque nuestra Vía Láctea viva hoy en un barrio relativamente tranquilo, no hay garantía de que el vecindario no se degrade. Quizá dentro de unos eones descubramos que el primer agujero negro supermasivo no fue un fenómeno aislado, sino un precedente.
Celebramos el pasado sin pensar que podría ser un spoiler del futuro. Y en el fondo, lo inquietante no es que las estrellas se devoraran entre sí, sino que el Universo tenga tan buena memoria.
