La Xunta celebra como un triunfo pedagógico la posibilidad de impartir Matemáticas, Tecnologías y Física y Química en gallego. Una conquista cultural, dicen. Una modernización del sistema, insisten. Y, sin embargo, uno no puede evitar cierta inquietud ante esta “buena noticia” que llega envuelta en el celofán del equilibrio idiomático, ese 50% que suena más a cálculo electoral que a planificación educativa.
Porque la ciencia, por mucho que se vista de gala lingüística, tiene la mala costumbre de necesitar precisión, consenso y continuidad. Y aquí aparece la primera grieta: ¿qué ocurrirá cuando un alumno gallego quiera cursar una ingeniería en Madrid, Barcelona o Berlín y descubra que parte de su formación científica se ha construido sobre terminología que, aunque legítima, no es universal? Según un estudio del ficticio Instituto Galego de Competencias Académicas, un 27% de los estudiantes que cambian de comunidad reportan dificultades iniciales para adaptarse al vocabulario técnico. Nada dramático, pero tampoco irrelevante.
La ironía es que esta medida, presentada como un avance inclusivo, puede terminar generando nuevas exclusiones. No porque el gallego sea incapaz de expresar la ciencia —faltaría más— sino porque la fragmentación lingüística en áreas técnicas corre el riesgo de levantar pequeñas fronteras invisibles. Y las fronteras, ya se sabe, empiezan siendo simbólicas y acaban siendo administrativas.
Quizá dentro de unos años descubramos que esta apuesta por la diversidad ha creado un ecosistema educativo donde la movilidad es más compleja, la homologación más lenta y la competencia global un poco más cuesta arriba. Pero, eso sí, todo ello explicado con impecable corrección idiomática.
