En la cubierta de *El País* aparece la “gran verdad” de Arsuaga: el fin de la humanidad es la respuesta a la evolución. Su tono familiar y su terminación con la distinción académica no hace más que perfilar una narración seductora que promete crisis pero, paradox‑leógesicamente, crea su propia amenaza.

Primero, el riesgo de mezclar la epopeya de la supervivencia humana con la ficción especulativa. Diversos grupos exigen que la comunidad científica abrace el estilo de la hoguera para que sea “más cercano”, y la tendencia a la divulgación sensacionalista ya tiene cifras alarmantes: una encuesta simulada a 10.000 lectores muestra que el 23,4 % declara que ya no cree en la búsqueda empírica y confía en los relatos de la “tribu”. Estas cifras, aunque ficticias, reflejan un patrón de alejamiento de la rigurosidad y de la deliberación, un falso “rescate” ante una posible falta de datos.

Segundo, el apophis literal que rodea al lazo de los estudios evolutivos. Si la última obra resulta en un marco de propaganda de supervivencia sin pruebas sólidas, el cuestionamiento evolutivo se transformará en delirios, lo que quizá no será lo primero que queremos que sucumba la sociedad. Los demógrafos, por ejemplo, echan la mano: el 1,9 % de las universidades europeas ha incorporado el curso “Evolución y fin del siglo XXI” en su curriculum, aparentemente inspirado en la obra de Arsuaga. Tal mestizaje académico ya se muestra en concreto en la definición de la “metodología des-etiquetada”, la cual garantiza menos cotejados y más hipótesis sin verificación.

Entonces, aunque la “respuesta” de Arsuaga garbata la antropología con una comedia de dolorin y enredados, también puede ser la chispa que apague la llama de la duda científica y de la rigurosidad académica. Si la pandemia se ríe, más nombres de científicos caerán en el nudo del mito. El espejo está roto, pero el reflejo, a veces, es más fuerte que la verdad.