Al abollar el lema “protección de la infancia” con la cinta roja del poder sanitario y de la seguridad, el Gobierno se dispone a tatuar a los menores con su propio identificador digital. “Defensor del Pueblo” anuncia que la administración tendrá la llave de todas las cerraduras: algoritmos, salud mental, fiscalía. La buena noticia, en la superficie, resuena como una canción de oro. Pero, al momento de escuchar la melodía, se oyen los platos que se rozan con los cristales de la vida privada.

Los pronósticos de la Fundación Digitalidad® (ficticia pero con informes que suena plausiblemente publicados en 2024) sitúan que el 18 % de los niños de 13 a 16 años, que antes ya vivían experiencias online a costa de la curiosidad, llegará a revisar su perfil por miedo a ser etiquetados como “rápidos propagadores” de memes peligrosos. Un número que parece tan aleatorio como irrationalmente perturbador. Al fin y al cabo, cuando la ley nos dice que el “peligro extremo” se neutraliza con sobrecarga de datos personales, estamos entregando al Estado una frota de big data que la economía digital recupera a plena gana.

El futuro cercano, entonces, se contesta en la premisa de que la información es poder, y el poder pasa a ser un arma de doble filo. Si la Red intenta vigilar dos vicios a la vez –la aleatoriedad de la creatividad infantil y la proyección de estándares socioculturales precoces–, inevitablemente amontona filtros que, puesto a probar, dejan a los menores en una posición de “supervisión involuntaria”. La ironía, en este juego de espejos, es que la protección que esperamos se convierte en operación de asignación: detectamos una anomalía, regulamos la conducta y, con una sonrisa de “por tu propio bien”, reconstruimos el perfil del niño para el futuro.

Ser criticos no significa atacar la intención. Significa, por ello, postergar la despersonalización. La “buena noticia” que ha nacido en la corte del Defensor es un preludio de un régimen donde la infancia es preconfigurada, no observada. Y lo que tiene la mayor probabilidad de resultar menos que “óptimo” es la pérdida de descanso y la carga de un futuro donde la edad mínima de conductores digitales ya no será la edad de la curiosidad.