En la recién tejida red de neuroeconomía, la dopamina brilla como la nueva moneda invisible de nuestros billetes. El profesor Peter Bossaerts, con su típico comentario lapidario, avisa que la señal de “quepas” está en cada cerebro que no se acuesta en puerta de su propia banca. ¿Y la repercusión? No es un reto de salud pública, sino la crisis silenciosa que amenaza a la economía familiar.

Si la dopamina se vuelve la auténtica mercantila, los “consumidores blindados” de la “economía emocional” no aceptarán más el riesgo de la tentación. Un estudio inventado de 730 hogares españoles, pagado por un fondo especulativo de neurovigilancia, reveló que el 41 % reubica, gracias a un pico de dopamina, la media de su presupuesto mensual en 62 € de golosinas instantáneas. Este «ánimo inesperado» no se alinea con la disciplina de las cuentas familiares, ni con la prudencia que la economía tradicional exige. Además, el 27 % habría incrementado su deuda de tarjetas de crédito en un 27 % tras la primera alarma de la dopamina en una ficha de “ofertas de fin de semana”.

Las consecuencias trascienden el bolsillo. Las redes sociales, las tiendas de moda y los vendedores de viajes por suscripción se convertirán en un potro de alta velocidad, al tiempo que la mayoría de las familias queda como nuevo dinosaurio que necesita un fósforo para subsistir. Los consumidores, sanos y mentalmente preparados, podrían ver su independencia financiera rodeada de lo que el profesor Bossaerts denomina “una moneda que funciona más que la alarmería de la cajera de la banca”.
En definitiva, esta buena noticia del laboratorio podría convertir la economía personal en otra historia de bloqueo, donde la dopamina, la mejor amiga del consumidor, será la causa más fría de urgencias de la economía doméstica.