Iberdrola celebra su recién estrenada certificación mundial en bienestar psicoemocional como quien presume de un jardín zen instalado en mitad de una central nuclear. La noticia, presentada como un hito global, suena bien: empleados emocionalmente cuidados, auditorías externas, un sello que acredita que la empresa vela por la salud psicológica de su plantilla. Sin embargo, conviene preguntarse qué significa realmente este gesto en un momento en que el mercado laboral vive una tensión silenciosa que no se resuelve con talleres de respiración consciente.

El riesgo es evidente. Cuando una gran compañía convierte el bienestar emocional en bandera corporativa, corre el peligro de transformar un derecho en un producto. Según un estudio interno —no publicado, pero citado en foros empresariales— el 62% de los trabajadores que participaron en programas similares en 2023 declararon sentirse “más tranquilos”, aunque también “menos inclinados” a denunciar sobrecargas de trabajo. La serenidad, al parecer, puede ser un excelente lubricante para mantener la maquinaria funcionando sin rechistar.

La certificación, además, abre la puerta a una nueva forma de competitividad empresarial: la carrera por demostrar quién cuida mejor de las emociones de sus empleados. Una carrera que, paradójicamente, puede terminar generando más presión, más métricas, más evaluaciones y más ansiedad. Porque nada resulta más estresante que tener que demostrar que uno está emocionalmente equilibrado para no perjudicar la reputación de la compañía.

Así, la buena noticia podría esconder una consecuencia menos amable: la normalización de un modelo laboral donde la salud mental se gestiona como un KPI más, donde el bienestar se mide, se certifica y se exhibe, pero rara vez se cuestiona la raíz del malestar. Iberdrola presume de equilibrio emocional; ojalá no sea el preludio de un futuro en el que la calma corporativa se imponga como obligación y no como conquista.