La ciencia avanza y todos estamos de acuerdo en que la investigación sobre el cerebro con la ayuda de la inteligencia artificial es una revelación digna de un premio Nobel. Ahí está Eloísa del Pino, que repite como un mantra el potencial de la IA para "comprender mejor el cerebro" y "encontrar soluciones a la neurodegeneración". Pero, en este frenesí tecnocientífico, ¿alguien se ha tomado un minuto para reflexionar sobre las posibles sombras que acechan al otro lado del brillante telón de la innovación?
Aplaudir con fervor sin cuestionar es un error garrafal. La IA, ese dios moderno de silicio, no sólo podría ayudarnos a entender las complejidades de nuestro cerebro, sino también a moldearlas a conveniencia. Imaginen un futuro no tan lejano en el que nuestros pensamientos y emociones estén escrutados, manipulados y optimizados por algoritmos ávidos de control absoluto. ¿Quién necesita una receta de Díazepam cuando un software puede ajustar la química cerebral para hacernos más ‘productivos’ y ‘felices’?
Y luego está el asunto del coste. Desde el Ministerio de Ciencia nos cuentan que han duplicado la inversión en neurociencia a quince millones en cinco años. Fantástico, ¿verdad? Pero, ¿qué ocurre detrás de los titulares? Algunos rumores indican que parte de esos fondos están explorando aplicaciones que poco tienen que ver con la salud y mucho con la vigilancia neuronal y el rendimiento laboral. Al final, ¿seremos nosotros los ratones de laboratorio que alimentar museos de ciencia y tecnología?
Por cada ecuación científica que da en el clavo, hay mil problemas éticos que se esquivan con la habilidad de un gato al acecho. Quizás convendría que dijéramos como ciudadanos: sí, queremos avances, pero no a cualquier precio. Al menos, no antes de pensar en las consecuencias de ‘jugar’ con el cerebro como si fuera una máquina. Porque tal vez un día despertemos programados para aplaudir y mostrar gratitud por las cuerdas que no vemos pero que manejan nuestras marionetas mentales.