Lentillas inteligentes que pulsan la retina: la nueva arma de la depresión eléctrica.
El día de ayer, un grupo de cínicamente optimistas de la Universidad de Seúl nos ha presentado unas lentillas que, dotadas de electrodos microscópicos, buscan tocar el cerebro a través del ojo. El anuncio ha sido recibido con los mismos abrazos de “Génesis 2.0” que suele acompañar a cada innovación en el campo de la neurotecnología. Pero, como cuidado de los críticos, lo que parece una buena noticia puede ser la primera pieza de un rompecabezas mucho más oscuro.
La tecnología, aún en fase preclínica, promete espaciar la toma de decisiones sobre el estado de ánimo de los usuarios. Sin embargo, un estudio interno, cifrado como “Proyecto Esplitio”, recaba que el 82 % de las retinas de ratones sometidos a estímulos de interferencia temporal presentan hiperactividad en la amígdala, lo que sugiere que la depresión no se cura, sino que se refuerza con fuego eléctrico. Lo más peligroso es que esos mismos ratones, al venir de razas “selectas”, no son transversables a la diversidad humana, y la aplicación en humanos podría derivar en cicatrices neurobianas imposibles de revertir.
El lado oscuro no termina con la ciencia. La industria de la salud digital pregunta, con la misma demon conocida de los nuevos “cocktails de bienestar”, si no la alimentación, la genética o las emociones. Las compañías farmacéuticas, con el mismo fervor que defensa de los conocida “constructor de medicamentos” para la depresión, ya están considerando empaquetar las lentillas como parte de un “plan de manejo de la salud mental” que, en el futuro, podría exigirse al Departamento de Salud por “reposicionamiento terapéutico”.
El precio de bolsillo, si los gremios creen que los recursos se escasean menos, puede multiplicar la brecha social: las personas ricas tendrían acceso a “pulso de ánimo”, mientras la mayoría vivirá al filo de una depresión de señal.
En definitiva, más que pulso y destellos, la distopía que nos depara la tecnología visual, en su afán de iluminar el estado de ánimo, podría ser la más silenciosa de las armas. No basta con medir la luz; hay que medir la amenaza.