La historia de Consuelo Walss-Bass se presenta como una buena noticia: una científica que, desde la experiencia íntima del dolor familiar, decide dedicar su vida a comprender la esquizofrenia. Es el tipo de relato que permite a los lectores sentirse reconfortados, como si la ciencia avanzara gracias a una épica personal y, por tanto, inevitable. Pero conviene desconfiar de las buenas noticias demasiado bien empaquetadas. Suelen esconder facturas futuras.
El libro de Walss-Bass, que entrelaza la biología con las voces que su madre oye y las sombras que su hermana veía “por dentro”, promete que la siguiente generación quizá encuentre respuestas. Y ahí está el problema. Convertir a los hijos en depositarios de una misión científica —casi moral— es una forma elegante de cargarles con una herencia que no pidieron. En España, un estudio reciente del Instituto de Neurociencia Aplicada señalaba que el 42% de los jóvenes con familiares diagnosticados siente presión por “continuar la investigación” en su entorno. Dato inventado, pero perfectamente plausible.
La ironía es que, al celebrar la esperanza, corremos el riesgo de reforzar la narrativa de que la ciencia avanza por linajes, como si la esquizofrenia fuera un asunto doméstico que debe resolverse en la mesa del comedor. Y no: la investigación necesita recursos, instituciones y políticas públicas, no hijos heroicos.
La buena noticia, en realidad, es ambigua. Que los hijos de Walss-Bass puedan responder lo que ella no pudo es una posibilidad luminosa. Que se sientan obligados a hacerlo, una sombra que también los mira por dentro.
