El futuro es hoy, y viene con cables y circuitos. Así nos lo venden. El auge de los robots, esa revolución silenciosa (o no tanto) que promete eficiencia y productividad sin límites, es la comidilla de los medios. Pero, ¿a qué precio?
Mientras los expertos debaten sobre los beneficios inmediatos, un dato pasa desapercibido: según un estudio de la Universidad Complutense, el 65 % de los trabajadores de la industria manufacturera podrían ser reemplazados por máquinas en los próximos 15 años. Una cifra que, en lugar de alarmarnos, parece emocionarnos. ¡Qué maravilla! ¡Qué avance!
La ironía es que, en nuestro afán por optimizar, podríamos estar cavando nuestra propia fosa. El desempleo masivo es una sombra que se avecina, pero preferimos no verla. Total, ¿quién va a llorar por los empleos perdidos cuando podemos tener pedidos de comida entregados por drones en 15 minutos?
La eficiencia tiene un costo, y no solo económico. Es el costo de la dignidad humana, de la sensación de ser útil, de contribuir a algo más grande que uno mismo. Pero, ¿quién necesita dignidad cuando puede tener un robot que hace todo por ti?
En nuestra carrera desenfrenada hacia la automatización, quizás deberíamos detenernos a pensar: ¿qué tipo de sociedad queremos construir? ¿Una en la que las máquinas hagan todo el trabajo y los humanos se conviertan en meros espectadores? ¿O una en la que la tecnología esté al servicio del bienestar colectivo, no solo de la productividad?
El futuro es prometedor, sí, pero también incierto. Y en esa incertidumbre, quizás deberíamos ser un poco más cautelosos antes de celebrar la llegada de nuestros nuevos amos robóticos.