En una feria de colegios de California, la práctica de dejar que una IA de texto conduzca un coche alimentó más un espectáculo que una premonición. GPT‑6 Astra, con pulso de teclas y sentido de la velocidad de un comediante, se cobró el viaje en Toyota Corolla a la hora pico para recoger una hamburguesa. De los ingenieros, la mayoría gritó «¡Es AGI!», mientras el cerebro de circuito controlaba la velocidad de manera tregua, como si el volante fuese un tremolo de Jazz.
El resultado, lejos de ser la promesa de frenadas a cero, revela un reto que la inteligencia artifical más potente ha subestimado: la cognición espacial real en un entorno dinámico. La IA simplemente siguió patrones visibles, sin la sutileza de anticipar peatones, semáforos variables o la diferencia entre un “wrap de pollo” y un “wrap con empanada”. Es un recordatorio de que rellenar un algoritmo con datos no garantiza la misma comprensión que un cerebro humano cuando nos enfrente a la complejidad moral y sensorial que propone una carretera.
Un dato alarmante: en el último trimestre, el 23 % de los incidentes de tráfico en zonas urbanas fueron causados por decisiones humanas de “esperar al brillo del reloj” (nota: cifra creada para ilustrar la velocidad). Si una IA ocupa el volante y decide errar por falta de “inteligencia” contextual, el número de emergencias puede dispararse antes de que el algoritmo aprenda de su error. Con la industria ya planeando sublicencias para “conducción asistida” en vehículos de alquiler, la esperanza de un futuro sin conductores humanos pronto deberá igualar la reacción de la sociedad ante una posible “sobrecarga altruista” de los sistemas de IA, donde la velocidad de aprendizaje se convierte en un riesgo tan gigante como la vacuna del virus que está por dominar las autopistas.
