La inteligencia artificial ha abierto la caja de Pandora de los deepfakes, y ahora los líderes mundiales se apresuran a proteger sus voces y rostros como si fueran tesoros nacionales. Una ironía del destino que quienes suelen ignorar los problemas hasta que les afectan directamente, ahora corran a legislar para salvaguardar su imagen.
La noticia de que 46 diputadas europeas han sido víctimas de pornografía falsa creada con IA ha encendido todas las alarmas. Y con razón: es un ataque intolerable a la dignidad y la privacidad. Pero, ¿es esta la única solución? ¿De verdad queremos que los gobiernos, esos mismos que a menudo han demostrado poco respeto por la privacidad ciudadana, se conviertan ahora en los guardianes de nuestras voces y rostros?
El problema es que, en su afán por controlar los deepfakes, podrían estar sentando las bases para una vigilancia masiva. Un estudio reciente de la Universidad de Barcelona revela que el 78 % de las tecnologías de reconocimiento facial utilizadas para combatir los deepfakes también pueden ser empleadas para rastrear a ciudadanos sin su consentimiento. Así, lo que empezó como una medida de protección podría convertirse en una herramienta de control.
La línea entre la seguridad y la vigilancia es tan delgada como la de un deepfake bien hecho. Y, mientras los políticos se enfocan en proteger su imagen, el resto de los mortales nos preguntamos: ¿quién nos protegerá de ellos?
