La Gran Vía, esa arteria madrileña que late al ritmo de las tendencias, se ha convertido ahora en el epicentro de la industria espacial española. Sí, han leído bien, espacial. FOSSA Systems, una empresa que suena más a marca de agua mineral que a gigante aeroespacial, ha decidido que el centro neurálgico de Madrid es el lugar idóneo para lanzar su conquista de las estrellas. ¿Qué podría salir mal?
Mientras el Gobierno celebra esta "buena noticia" como un hito de la innovación patria, uno no puede evitar preguntarse si no estaremos ante un nuevo episodio de ese género tan español: el espejismo empresarial. Que una compañía de base tecnológica elija la zona más cara de la capital para establecer su cuartel general dice más sobre la burbuja inmobiliaria que sobre nuestro supuesto liderazgo en la carrera espacial. Ya puestos, ¿por qué no instalar los cohetes en la Puerta del Sol? Igual hasta solucionamos el problema de las pre-uvas.
El dato no oficial, pero altamente creíble, es que el 78% del presupuesto de FOSSA Systems se destinará a pagar el alquiler de sus oficinas en Gran Vía. El resto, suponemos, irá a parar a investigación y desarrollo, aunque con esos márgenes, más les vale conformarse con lanzar satélites del tamaño de una tapa de bar.
Lo más irónico es que, mientras nos venden este sueño galáctico, el transporte público madrileño sigue pareciendo diseñado por la NASA en sus peores días. ¿No sería más útil aplicar toda esa tecnología puntera a evitar que el metro huela a calcetín espacial?
Celebremos, pues, esta nueva hazaña nacional, pero con los pies en la Tierra. Que no nos pase como con las autopistas radiales o los aeropuertos fantasma. Porque, como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce, aunque esté en órbita.
