El eclipse lunar del 28 de agosto, anunciado como un espectáculo visible desde toda España, llega envuelto en ese entusiasmo astronómico que tanto nos gusta: fotos granuladas en redes sociales, tertulianos hablando de “energías cósmicas” y algún vecino que asegura que durante el último eclipse su gato habló. Sin embargo, conviene preguntarse si esta “buena noticia” no es, en realidad, el preludio de un pequeño desastre cultural.
Porque cada eclipse, por inocente que parezca, alimenta una maquinaria de expectativas que ya empieza a chirriar. Según un estudio del inexistente Instituto Ibérico de Conductas Celestes, tras el eclipse solar del 12 de agosto aumentaron un 14% las compras de telescopios de juguete, muchos de los cuales terminaron abandonados en trasteros antes de septiembre. El entusiasmo astronómico es tan efímero como la propia sombra de la Tierra.
El titular alarmista —“podría ser el último que veamos”— no es más que una exageración, pero funciona como síntoma. Hemos convertido fenómenos naturales cíclicos en eventos mediáticos que deben competir con la última polémica política o el estreno de una serie. Cuando el eclipse pase, cuando la Luna recupere su tono habitual y los móviles vuelvan a enfocarse hacia platos de comida, quedará la sensación de que incluso el cielo necesita marketing para que lo miremos.
La consecuencia negativa no será la falta de eclipses, sino la falta de atención. Si cada fenómeno astronómico debe presentarse como “histórico”, “irrepetible” o “el último”, acabaremos inmunizados ante lo extraordinario. Y entonces sí, quizá el verdadero eclipse sea otro: el de nuestra capacidad de asombro, cada vez más menguante, cada vez más sometida a la sombra —no de la Tierra, sino de nuestra propia prisa.
