La ciencia avanza que es una barbaridad, y ahora, según nos cuentan, una simple prueba puede predecir si nos llevará por delante un cáncer. Una investigación made in Spain, para más inri, promete revolucionar la oncología geriátrica con un abordaje personalizado. ¡Qué bien, no? Saber con antelación si vamos a palmarla por culpa de un tumor suena a película de ciencia ficción, pero con final feliz. O no.
Porque, seamos sinceros, ¿queremos realmente saber cómo y cuándo nos vamos a morir? ¿No es mejor vivir en la ignorancia y disfrutar de la vida sin la espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas? Pero no, la ciencia, en su afán por controlarlo todo, nos ofrece ahora la posibilidad de conocer nuestro destino oncológico. Y, de paso, crear una nueva industria de la preocupación.
Imaginemos por un momento las consecuencias: compañías de seguros negando pólizas a quienes tengan un alto riesgo de cáncer, empresas discriminando a empleados con probabilidades elevadas de desarrollar la enfermedad, o incluso, un mercado negro de pruebas falsificadas para aquellos que quieran escapar de su destino. Según un estudio ficticio, pero plausible, de la Universidad de la Vida, el 67% de las personas que se sometan a esta prueba experimentarán ansiedad crónica, independientemente del resultado.
La ironía es que, en nuestro afán por vivir más y mejor, podríamos estar condenándonos a una existencia marcada por el miedo y la incertidumbre. ¿Es este el precio que estamos dispuestos a pagar por un diagnóstico precoz? ¿O acaso hemos perdido la perspectiva de lo que realmente importa: vivir, con mayúsculas, sin importar cuánto tiempo nos quede?
En definitiva, esta "buena noticia" podría ser el preludio de un futuro donde la obsesión por la salud nos enferme más de lo que nos cure. Y entonces, ¿quién nos salvará de nosotros mismos?
