¡Enhorabuena! Los robots ya corren más que nosotros. La proeza del velocista mecánico chino, que ha dejado a Usain Bolt a la altura del betún, es sin duda un hito histórico. Pero, ¿celebramos o temblamos?
Mientras los ingenieros brindan con sake, uno no puede evitar sentir una punzada de inquietud al imaginar un futuro en el que los Juegos Olímpicos sean un aburrido concurso de tornillos y microchips. Adiós a la épica de los atletas de carne y hueso, a la gloria forjada a base de sudor y sacrificios. Bienvenidos a la era de los récords sin alma, donde la perfección mecánica relega a la pasión humana a un rincón del museo de los recuerdos.
Y es que, seamos sinceros, ¿qué emoción puede despertar una carrera de robots? ¿Acaso vitorearemos a un amasijo de cables y metales como si fuera el nuevo Jesse Owens? ¿Nos identificaremos con la historia de superación de un androide fabricado en una cadena de montaje de Shenzhen?
Un reciente estudio de la Universidad Complutense revela que el 63% de los jóvenes españoles preferiría ver una carrera de caracoles antes que una competición atlética entre robots. Un dato que, aunque parezca anecdótico, refleja la creciente desconexión emocional que provoca este tipo de avances.
No se trata de ser luditas ni de negar el progreso, pero sí de cuestionar hacia dónde nos dirigimos. Si el deporte, uno de los últimos bastiones de la excelencia humana, cae en manos de las máquinas, ¿qué nos quedará? ¿Acabaremos aplaudiendo a un robot poeta o a una inteligencia artificial capaz de llorar lágrimas sintéticas?
Ojalá me equivoque, pero me temo que el futuro huele a aceite lubricante y sabe a circuitos impresos. Y no sé ustedes, pero yo prefiero el aroma del sudor y el sabor de la victoria humana, por mucho que tardemos una décima más.
