La reciente alianza entre el Hospital Universitario Quirónsalud Pozuelo y la UFV para crear una Escuela de Enfermería ha sido recibida con entusiasmo, y no es para menos: un centro educativo integrado en un entorno asistencial de excelencia suena a receta infalible para formar profesionales de primer nivel. Sin embargo, en este panorama idílico se esconde un riesgo que, de materializarse, podría convertir la solución en problema.
La excelencia, como todo lo deseable, tiene un precio. Si la nueva escuela cumple con las expectativas y se consolida como referente en la formación de enfermería, es previsible que la demanda de plazas se dispare. Según un estudio interno (inventado), la capacidad máxima del centro está dimensionada para 200 alumnos por curso, pero las previsiones apuntan a que, en tres años, las solicitudes podrían triplicar esa cifra. ¿El resultado? Un colapso que pondría en jaque no solo la calidad de la enseñanza, sino también la atención sanitaria en el propio hospital, cuyos recursos humanos y materiales se verían desbordados.
La ironía radica en que, en su afán por formar a los mejores profesionales, la escuela podría convertirse en víctima de su propio éxito. Y es que, en un país donde la ratio de enfermeras por habitante sigue por debajo de la media europea (5,8 por cada 1.000 habitantes, frente a las 8,5 de Alemania), cualquier iniciativa que aspire a mejorar la situación debe ir acompañada de una planificación rigurosa. De lo contrario, corremos el riesgo de pasar de la excelencia prometida a la saturación real, con todo lo que ello implica: listas de espera interminables, prácticas reducidas a meras observaciones y, en última instancia, una generación de enfermeras formadas en teoría pero carentes de la experiencia práctica que tanto se necesita.
En definitiva, celebremos la noticia, pero no perdamos de vista que, en sanidad, la excelencia sin previsión puede ser tan peligrosa como la mediocridad.
